SIN MÓVIL, NO HAY PARAISO

Por Carlos Hernández

Quiero presentar una queja porque… Como otra más de las múltiples consecuencias colaterales de la pandemia, la empresa pública Renfe, «por seguridad, comodidad y tranquilidad», ha puesto en marcha el denominado «billete personalizado» para la práctica totalidad de sus trenes, salvo cercanías, y para todos los procedimientos de venta, incluido el efectuado en taquillas de estaciones. Establece que «tendrás que facilitar (sic en renfe.com) una serie de datos básicos del viajero, incluido el número de teléfono móvil de contacto».

Además de las más que razonables dudas sobre la congruencia de tal medida con lo que nuestro ordenamiento jurídico dispone sobre la protección de la privacidad e intimidad de las personas en tanto derechos fundamentales e inalienables, surge otra , quizás más grosera pero con contundencia evidente: qué opción tendrán los ciudadanos que no dispongan de teléfono móvil , poseyéndolo sean legos en su manejo o que, sencillamente, no consideren procedente facilitar datos sensibles a terceros . ¿Puede un operador de transporte público privar además de ese otro inalienable derecho a la movilidad al no expender título de transporte a quien no satisfaga tales requisitos?

Evidentemente, uno de los colectivos -que no el único- más afectados es el de los mayores, habituales usuarios del transporte público y , en buena medida, muy alejados de esa condición de «nativos digitales» que parece atribuirse a toda la ciudadanía , haciendo abstracción tanto de edades como, no se olvide, de estatus socio-económico, pues , hoy por hoy, el acceso a los instrumentos y prestaciones de la telefonía móvil dista mucho de ser gratuito. En consecuencia, como secretario de la misma, en nombre y representación de la Directiva de la O.S. Mayores de Izquierdas (MDI) le traslado la presente queja, no dudando en merecer su atención


ANTONIO FERRES. UN HOMENAJE

El sábado 11 de abril falleció en Madrid Antonio Ferres Bugeda, a los 96 años

Una mañana en que le visitaba en su casa de la calle Jaén (últimamente prefería las visitas por la mañana) se me ocurrió decir “después de la muerte de Franco…” Se quedó parado, me miró fijamente y con una media sonrisa (con esa cara de anciano que era casi la de un adolescente) y acercándose a mí como para que no nos oyera nadie (estábamos solos en el salón) y en voz muy baja me dijo “¿Tú crees que Franco ha muerto…?”

Como siempre Antonio veía más, intuía más y era capaz de darle la vuelta a la realidad para desvelar mejor su esencia. Pasará a la historia de la literatura, a esa historia de la literatura mezquina que por aquí se hace, como un representante de la generación realista pero algunos sabemos que lo suyo era la imaginación y que con la imaginación fue capaz de destripar la realidad como algunos, muy pocos, narradores españoles han sido capaces de hacer; como Cervantes, como Clarín, como Max Aub. Y La piqueta es una novela de amor, como repetía.

Ha muerto en la epidemia cómo tantos y tantos españoles de su generación, y esto es una cruel metáfora del tiempo, una metáfora como la que él continuamente mostraba en sus narraciones y en sus poemas, la metáfora de una masa española irrelevante para la historia oficial, los vencidos, aquellos a los que Unamuno llamaba los habitantes de la intrahistoria.

La verdad es que Antonio fue siempre un vencido, desde su infancia en el Madrid bombardeado, en la militancia,  en la clandestinidad, en sus exilios y hasta en su muerte silenciada por la vorágine de la epidemia. Solo en los últimos tiempos y gracias al editor Javier Santillán (ed. Gadir) y algunos pocos más estaba lentamente recuperando su lugar verdadero en la literatura. “La primera vez me fui por política, por miedo, la segunda por hambre”.

La edición de la novela Los vencidos fue prohibida por la censura franquista en 1962, fue publicada en Italia por la editorial Feltrinelli; no se publicó en España hasta el 2005. No creo que nadie se atreva a discutir que Los vencidos sea una de las novelas fundamentales de toda la narrativa española del siglo XX. No publicada en su lengua original hasta entrado el siglo XXI. Así son las cosas.

Cuando volvió en 1976 no esperaba nada “sabía que no me iban a recibir con los brazos abiertos, que no habría homenajes ni nada de eso, que ya nadie leía La piqueta, pero aquel ninguneamiento, aquel ostáculo casi absoluto para publicar…” Los únicos que le hicieron un verdadero homenaje fueron la Asociación de vecinos de Orcasitas. Hay una calle frente al Pradolongo que debería llevar su nombre pero no lo lleva porque el Ayuntamiento tiene como principio no poner a las calles nombres de vivos (sic).

Antonio amaba Orcasitas con todo su corazón. La meseta de Orcasitas es mágica solía decir. También decía ser un maldito en un país maldito es cojonudo. Pudo perfectamente haberse quedado en Estados Unidos como profesor universitario, era realmente apreciado y valorado allí, pero volvió, tal vez ni él mismo supo a ciencia cierta por qué, tal vez no podía vivir fuera de esta ciudad siempre bombardeada y estar junto a Juan Eduardo Zúñiga y que les diera clase de geografía en la biblioteca de Arguelles, sitiado, a los niños: a Elena y a él, como en El horizonte de sucesos… La vida les ha premiado a los dos, Juan Eduardo murió con 101 años el 24 de febrero, Antonio, ahora. Los últimos mohicanos de la posguerra.

O tal vez también volviera para estar con nosotros, seamos quienes seamos, los que no olvidamos, los que no podemos olvidar, nosotros también vencidos, los que no te olvidaremos nunca, Antonio Ferres.

Mientras las bombas siguen lloviendo sobre Madrid.  

Carlos Caballero

12 de abril de 2020